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La Criada Complacient
Written by Skaidan
Un lujoso y cubierto coche de caballos nos condujo a la estación de ferrocarriles al atardecer. Llevábamos un baúl y varias maletas, algo típico en mi madre, y nos acompañana su criada Gertru, una chica alta, robusta y de cuerpo ciertamente bonito, a pesar de su robustez. La había conocido porque cosía para una señora bien del barrio más elegante de Madrid y ella sabía que su criada anterior, la Juana, iba a casarse y a dejar su empleo en nuestra casa. Dicha señora accedió a la petición de mi madre de que la contratásemos como nuestra nueva criada con la condición de que cosiera para ella dos tardes cada semana. Este acuerdo tuvo vigencia durante un año y medio, tiempo tras el cual la señora de marras falleció.
La tarde de finales de noviembre estaba fría y lluviosa y pensé que tal vez cogería un resfriado de ésos que se llevaban a la gente por delante en aquellos primeros años del siglo XX. No le di demasiada importancia, porque era consciente de que mi salud era fuerte y de que rara vez enfermaba más que de alguna indigestión –en casa se comía, a diferencia de la mayoría de casas españolas, muy abundantemente- o algún catarro leve. Mi madre tampoco era de las que enfermaba con facilidad, excluyendo –eso sí- sus desmayos ante las emociones fuertes.
Subimos en un vagón de primera clase entre el vapor denso del andén y el barullo de gente apresurándose de un lado a otro por la estación. Mi madre había reservado dos compartimentos, uno para ella y la Gertru y otro, igual de amplio, sólo para mí y la mayoría del equipaje. Me pareció un reparto justo, sobre todo porque apreciaba la intimidad y deseaba poder leer tranquilamente antes de irme a dormir. Mi madre, que se llevaba estupendamente con su criada, no tenía reparos en compartir con ella compartimento, cosa que había hecho en dos o tres ocasiones anteriores.
El tren partió puntualmente, cosa rara, y muy pronto dejamos atrás Madrid. El traqueteo era algo menor del habitual, pero igualmente molesto para la mayor parte de viajeros. A mí me parecía de lo más romántico ese movimiento tan ferroviario, pero yo era un aficionado a esas máquinas prodigiosas que se deslizaban sobre raíles metálicos que crujían cada dos por tres. A mi madre no le hacía gracia, aunque bien es cierto que se resignaba, porque odiaba viajar por caminos.
A las ocho, mi madre llamó a la puerta de mi compartimento, escoltada por la corpulenta Gertru, y me dijo que íbamos a tomar una copa en el vagón restaurante. La Gertru se quedaría vigilando el equipaje. Mi madre y yo nos fuimos, pues, al restaurante y nos sentamos a tomar una copa. Había gente muy selecta en aquel lugar, todos emperifollados a más no poder y con poses que a mí, incluso en aquella época, me parecían ridículas. Mi madre, por su parte, sólo prestaba atención a su copa de vino.
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