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Hacia el Norte
Written by Skaidan
Un chico de trece años normalmente es flaco, algo desgarbilado y comienza a interesarse por las mujeres ya en serio. Yo encajaba en ese perfil, pero había algo en mí que se salía de todos los esquemas, y no era otra cosa que mi pene. Me medía la friolera de veintidós centímetros en erección y alrededor de quince en estado de flaccidez. Nadie sabía del extraordinario desarrollo de mi miembro, ni siquiera mis compañeros de clase, ya que nunca nos duchábamos en los vestuarios al tener el colegio la norma de poner la gimnasia a última o penúltima hora.
El caso es que mi "pequeño" secreto no iba a permanecer como tal durante mucho tiempo. Sucedió que, una noche de lluvia intensa, mi dormitorio tuvo dos goteras y hubo que colocar dos cubos en él para evitar que se mojara mucho el suelo. Mi madre, una mujer solitaria aunque cariñosa, me dijo que me acostara con ella en su cama de matrimonio. Aquello no era del todo raro, pues en algunos viajes que habíamos hecho habíamos compartido cama, pero sí era la primera vez que sucedía teniendo yo ya un interés claro por las mujeres.
Llegadas las once de la noche yo ya estaba tumbado en la cama de mamá cuando ella entró en el dormitorio en ropa interior. Mamá era una mujer de figura delgada y bajita, pero con dos tetas tremendas, desproporcionadas para su cuerpo menudo. Siempre se ponía ropa que disimulara desarrollada anatomía, pero allí, viéndola en ropa interior, tuve una erección inmediata. En aquella situación, además, no ayudó nada el adivinar su triángulo espeso de pelo negro a través de sus braguitas pequeñas de encaje.
Una vez en la cama, mamá encendió su lamparita de lectura y se quedó en ropa interior sobre el edredón leyendo un libro gordo y tomando anotaciones en una libreta que tenía a su lado. Mi erección era cada vez mayor e hizo un bulto difícil de ocultar incluso debajo del edredón. Mamá miró hacia mí en una ocasión y notó que estaba tenso y reparó en el bulto.
-¿Qué te pasa, cielo? ¿Te duele algo? –me preguntó.
-No… no es nada, es sólo que… -respondí confuso y sonrojado.
-A ver, ¿qué te duele? ¿Te has hecho daño jugando al fútbol? –insistió.
-No, no es eso, es… No me pasa nada, de verdad.
Mamá me miró de forma extraña.
......(cont)
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